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Los coleccionistas e inversores en oro y plata, ¿nacen o se hacen?
Un poco sin quererlo, estoy usando al Pato Lucas y los Conejitos de Plata para animar a mis hijos a coleccionar monedas de inversión.
No tengo claro cuándo y cómo uno se convierte en coleccionista. Creo que es algo que se tiene o no se tiene. De niño, solía coleccionar todo lo que caía en mis manos: pines, calendarios de bolsillo o tarjetas de prepago de teléfono. Recuerdo con cariño esas colecciones. Además, de joven, quise coleccionar figuras de acción y vehículos de juguete de las primeras ediciones de las películas de la Guerra de las Galaxias de los años 70 y 80. Las guardé en un altillo en casa de mis padres sin atreverme casi a tocarlas hasta que, cuando mis hijos y sobrinos crecieron, decidí que era hora de que alguien las disfrutara, así que se las di para que jugaran cuando nos reunimos toda la familia en casa de los abuelos. Debo confesar que sufro cada vez que algo se les rompe.
Tampoco sé cómo uno se convierte en inversor en metales preciosos. Mi experiencia personal me lleva a creer que es un despertar sobre cómo funciona realmente el sistema monetario y bancario, lo que te lleva a buscar refugios de valor. Imagino que hay otros caminos.
La importancia de hablar a los niños del dinero.
En cualquier caso, como padre, me parece importante que mis hijos sepan sobre el dinero, su verdadero valor y cómo funciona, por la relevancia que tiene para entender cómo funciona el mundo. En casa hablamos abierta y frecuentemente sobre el tema y mis hijos de 6 y 8 años sorprenden porque ya comprenden (a su manera) la diferencia entre el precio y el valor de las cosas y conceptos como inflación, masa monetaria, reserva fraccionaria o velocidad del dinero, entre otros.
Lamentablemente, estas ideas no se enseñan en la escuela. En casa, hemos buscado materiales que nos ayuden con esto y, aprovechando que escribo sobre el tema, me gustaría compartir algunos de los que más éxito han tenido con mis hijos:
- Los libros de los gemelos Tuttle son fantásticas adaptaciones de libros clásicos que tratan las ideas de la libertad. Nos encanta su adaptación al español de “The Creature from Jeckyll Island” de Edward Griffin.
- Recientemente, Joan Tubau analizaba en Twiter cómo “Obélix y Compañía” es un magnífico tratado de economía y no puedo estar más de acuerdo.
- Además, existe un libro de Mortadelo y Filemón titulado “La Historia del Dinero”, que Ibáñez creó como encargo para una entidad bancaria y resulta sorprendentemente acertado.
Y aunque no es apto para niños de la edad de los míos, el dibujo animado “The American Dream” es también un buen recurso para entender algunos conceptos básicos en clave de humor.
Plantando la semilla del coleccionismo.
Con motivo del lanzamiento de “La Dobla Bullion”, ofrecí a cada uno de mis hijos elegir una onza de plata de nuestro catálogo que yo les regalaría como recuerdo. Mi hija se interesó en las monedas con animales, como la del Koala o la conmemorativa del año chino del Conejo (que ella bautizo “la de los Conejitos”) y en la de la diosa Germania, mientras que mi hijo optó por las que tenían motivos de dibujos animados como las de Piolín, el Pato Lucas, o superheroes como Aquaman y Superman. Al final, ella eligió la de los Conejitos y él la del Pato Lucas.


Cuando les entregué las monedas, surgieron todo tipo de preguntas: ¿Por qué son tan grandes? ¿Cómo es que brillan tanto? ¿Podemos sacarlas de la cápsula? ¿Podemos tocarlas? ¿Cuánto valen? ¿Dónde las podemos guardar? Valió la pena solo por las conversaciones que se generaron y me pareció una experiencia estupenda. No obstante, después de la emoción inicial, diría que por ahora han olvidado las monedas.
Durante muchos años, mi tío Carlos solía regalarme cada año una moneda de plata conmemorativa de la FNMT de una serie que primero tenía un valor facial de 2.000 ptas, luego de 12 eur, 20 eur y por último de 30 eur. Aunque mi tío dejó de regalármelas hace un tiempo, sé que las monedas de esa serie ahora tienen un valor facial de 40 eur (¿alguien dijo inflación?). En su momento, me parecía un regalo extraño para un niño, y solo años después aprendí a apreciarlas.
Creo que mis hijos valorarán sus monedas del Pato Lucas y los Conejitos en su debido tiempo, al igual que yo aprecié las monedas que mi tío me regalaba, y quizás les animen a empezar su propia colección. Y si no, siempre tendrán guardada, cada uno, una onza de plata.
